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miércoles, 28 de enero de 2009

Siempre recordaré tus enseñanzas querido abuelo

Se cuenta aquí la historia de un hombre aparentemente un poco desdichado, pero ocultamente muy afortunado.
Se dice que cuando este hombre cumplía cuarenta y cuatro años, su esposa debió abandonarlo por órdenes de Dios, quién requería su presencia a su lado.
Así fue como este hombre quedó solo con su hijo de diez años; tan solo un pequeño crío con mucho que aprender y más aun para enseñar.
Lo que la vida había deparado a aquel hombre nada fácil de enfrentar sería.
Difícil etapa su hijo abría para afrontar y sin la imagen de su madre quién lo pudiese consolar.
Bastante adinerada esta familia era y bastante codicioso el hombre también. Prácticamente un esclavo del trabajo. No pudo él romper las cadenas que a este lo sujetaban y de esta forma negó a su niño todo el apoyo que éste necesitaba. En lo material nada le faltaría, pero en comprensión poco lo complacería.
Fue de esta forma como el niño; niño dejó de ser… se enfrentó al complejo campo de la adolescencia, creció y de su hogar se marchó.
Nunca le recriminó nada a su padre, pero tampoco a este nada le agradeció. Creía pues que no le debía agradecimiento alguno.
Aquél hombre comprendió luego de haber perdido a su hijo, la importancia que éste tenía. Y varias noches lloró como consecuencia de su arrepentimiento y rogó a Dios su perdón.
Durante más de diez años sus destinos evitaron cruzarse. Nada supieron ambos que era de la vida del otro. Nada deseaban saberlo o al menos eso decían.
Pero es entonces cuando el tiempo que Dios cree preciso se cumple… es cuando verdaderamente el hombre se arrepiente y decide volver a empezar; es aquí cuando éste nos ilumina y una nueva oportunidad nos cede.
Fue luego de diez años cuando aquel pasado niño en padre se convirtió; y la vida le hablo y le hizo entender de la necesidad que realmente tenía de contárselo a su padre.
La noticia al reciente abuelo de gran alegría lo llenó y un gran cúmulo de sensaciones en este provocó.
Tiempo después (cuando el abuelo se sintió preparado), el coraje logró entrevistarlo e impulsarlo a visitar a su hijo.
Al encontrarse ambos frente a frente, ninguna palabras de ellos nació; pero ahí estaba él mas fuerte que nadie (el adorable nieto) con ya tres hermosos años de vida y reconociendo el rostro de su abuelo.
La mano de su padre tomo y dijo “pa-pa”, lo mismo hizo con su abuelo y pronunció “ta-ta”.
Dos simples, pero poderosas palabras de un niño tuvieron más poder que un huracán, y aquellos dos que hasta el momento permanecieron mudos, estrecharon sus cuerpos con un fuerte abrazo que pronunciaba algo más que un simple “te quiero”.
Luego el abuelo tomó a su nieto entre sus manos y dijo: “mi nieto”.
Fue de esta forma como toda distancia murió. El abuelo (aquella persona un poco desdichada, pero en realidad muy feliz) pasó cada momento del resto de su vida dedicándose íntegramente a su nieto y también a su hijo. Logrado así cumplir aquello que no había hecho varios años atrás.
Supo enseñarles muchas cosas que solo la experiencia logra conceder. Y así los vio crecer y madurar y su niño de tres años ya diecisiete cumpliría.
Es aquí cuando realmente vemos que muchas veces se aprende a ser padres recién cuando se es abuelo.
Es ésta una hermosa historia que ejemplifica tantas otras…
Aún hoy recuerdo la imagen en la playa (con el maravilloso ocultar del Sol), de aquellos tres felices hombres paseando por la arena abrazados.
Todavía recuerdo verlos con una gran sonrisa en sus labios… con la mirada llena de libertad.
Abuelo. Mi abuelo… aun recuerdo aquellos tiempos y cada cosa que me enseñases; así como también te recuerdo a ti.
Jamás te olvidaré; porque el amor de un abuelo… no tiene comparación.

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